Salvador Villanueva y el peso de la autenticidad: la última reseña
Conocí a Salvador Villanueva a mediados de los años setenta, cuando yo preparaba mi antología de traducciones de poesía puertorriqueña, Making a Word: Twentieth-Century Puerto Rican Poetry (Columbia U. Press, 1980). Poetas icónicos de la isla representaban la primera mitad del siglo. Para la segunda mitad me quedaba por seleccionar poesía de los años sesenta y setenta, generación que ponía atrás el patriotismo “hispanista”–la nostalgia colonial con que la generación anterior resistía el projecto de angloamericanizar Puerto Rico–sincronizando la poesía puertorriqueña con la emergente conciencia latinoamericana. De diversas estéticas, esa generación se agrupaba en torno a revistas. Entre las notables Zona de carga y descarga se extendía a lo surreal y experimental, Guajana era la más política, y de estética más abierta, Mester y Ventana.
Salvador comenzó su carrera publicando en Ventana, la revista que fundó y editaba con José Luis Vega cuando estudiaban en la Universidad de Puerto Rico. Primero me llamó la atención sus poemas en Ventana. Lo conocí personalmente cuando acababa de salir su primer libro: Poema en alta tensión (1974). Tenía un aspecto a la vez humilde y soberbio. Se puede decir que nuestra amistad comenzó desde antes de conocernos aunque tomó más años percatarme de la afinidad: ambos escribíamos en las márgenes de la cultura dominante puertorriqueña, yo por ser un Newyorican y él por ser de Arecibo.
En la universidad se especializó en letras pero también aprendió que su formación lejos de la capital no lo hacía poeta que la sociedad literaria sanjuanera tomaba en serio. Además adquirió mayor conciencia de cuánto valoraba la autenticidad porque, sea consciente o inconscientemente, nunca adoptó el más pulido álter ego que le ofrecía la experiencia universitaria para actualizar su personalidad, la cual preservaba manerismos tradicionales que lo marginaban en la capital.
Su respuesta fue creer inquebrantablemente en sí mismo. Nació poeta y San Juan ni lo hacía poeta ni le podía quitar sus dotes. Esa confianza que nunca le faltaba influyó su decisión de hacer su vida en Arecibo donde nació y liberarse de la intelectualidad de cual desconfiaba. Por varios años trabajó en una agencia del gobierno isleño hasta que, tras la muerte de su padre, decidió embolsar más tiempo para escribir que dinero ganándose la vida con su herencia no intellectual, criando gallos de pelea.
No ponía gallos a pelear. Les proveía a los galleros gladiadores bien criados y entrenados. Memorable queda la tarde que lo visitamos, la poeta Carmen Valle y yo, cuando después del almuerzo, en el terreno detrás de su casa, nos dio un curso sobre las sutilezas de su otro oficio. Entrábamos su mundo que no era el nuestro, pero no habíamos venido para juzgarlo. Lo escuchamos indicar los matices de diferentes gallos, la importancia de sacarles las plumas inferiores, las señas de calidad de espíritu, los modos de entrenarlos, un esmero de detalles y sensibilidad que nos recordaba que ese discurso gallero en realidad lo estaba dando Salvador el poeta.
En su primer libro Poema en alta tensión se presentó lo que a primera vista parecía adoptando una pose de loca brillantez. El trayecto de sus libros nos iba a demostrar que esa brillantez no era ni pose ni locura. Tampoco a primera vista no empataban su estilo de vida, más tradicional que de artista con el estilo de sus poemas que se distaban de lo tradicional. No escribía retórica embellecida sobre ideas sublimes sino apuntaba habla precisa sobre experiencia cotidiana recreada transcendente. Paradójicamente, su oficio de gallero, que por un lado se puede entender como retrógado, refinaba su comprensión de su quehacer poético. En “Encuentros” las imágenes de un oficio definen su otro oficio:
Poesía: Dos gallos finos peleando
a que me quitas o
te quito….
Poesía: Una manada de pollos
y gallinas corriendo
detrás de mí en la mañana
para que le sirva su sustento.
Lo concreto más auténtico que la ideación, en “Lejos de Ágora”, si lo agobiaba su soledad en “la Siberia de mi casa”, la prefería a salir y encontrase con alguien que le impusiera una conversación “sobre ilusiones y esperanzas” o que le “espete una puñalada de adulación”. Más confiables son “mis cuatro paredes/ y mis gallos/ que sin duda son/ una especie de salvación”.
En el mundo de galleros se confundían sus dos oficios. Su imaginación sin riendas seguramente se escapaba a conversaciones con pretensiones literarias, haciéndolo legendario como fuente de divertidos inventos, personaje que evidentemente cultivaba con gusto. En “Alias Gallero” se describe como un anónimo que “Mintió tanto” que se “embriagó con los hechos que no fueron” hasta tal punto que “a nadie le interesaba /su verdad,/sino el maravilloso encanto/del próximo capítulo”.
Salvador medía su distancia del ambiente literario sanjuanero usando la regla de su procedencia. Hay otra medida. Si la cultura puertorriqueña reconoce diferencias regionales de habla, la conciencia literaria las reconoce sólo como folclore, a las márgenes de un modelo cultural monolítico. Pero, como discuto en The Numinous Site: The Poetry of Luis Palés Matos (Fairleigh Dickinson U., 1995), esas diferencias son determinantes en gravitar a una u otra poética. El habla del monte–sede del mito criollo del modelo oficial puertorriqueño–es más proclive a poetizar en contraste al habla costeña, con influencias africanas hasta en el habla del blanco, más proclive a concretar, la diferencia entre el bolero y la plena.
Luis Palés Matos encarnaba ese conflicto, dividido entre una poesía de conciencia criolla aprendida de libros y una poesía creada del habla con que se crió, de donde nació su visión cultural que nominó afroantillana. El término enfatiza su orígen africano y Palés elaboró el discurso racial de su época que hoy sería anacrónico. Pero propongo que aunque su poesía afroantillana nos lleve a una discusión antropológica y racial, su visión nació de su habla costeña que transcendía diferencia de raza. En Tuntún de pasa y grifería se desvió de la poesía “blanca” elaborada de lenguaje poético que suaviza la realidad para escribir en su “boricua” costeño propenso a enfrentarla. Fruto de esa liberación cultural es la obra en “boricua” de Luis Rafael Sánchez.
Salvador escribía en un lenguaje costeño que podemos identificar no porque hiciera hincapié en el tema racial ni porque invocara ritmos musicales como hizo Palés Matos, ni por su deleite en lenguaje popular como Sánchez. Lo identificamos porque concretiza para enfocar en el aprecio de la realidad. Con ese lenguaje Salvador elaboró su voz, su fascinación particular que eleva las minucias de cuales se componen sus diarios desastres o la búsqueda fallida de nobleza en su vida. El mero vivir era una magia a pesar de ser un pedestre camino hacia la muerte. En “La magia así”, nos cuenta que en una noche, mientras escuchaba música y se tomaba un trago, de repente quedó maravillado por su paradoja: “–Viejo puñetero, ¿qué/te hizo vivir sin ilusiones?”
Podríamos invocar a Nicanor Parra en cuya poesía Salvador seguramente no descubrió otro nuevo modo de escribir poemas sino la legitimidad poética de su habla natural que contribuyó a que Salvador naciera antipoeta. Lector de muchos modelos, todos solo le reforzaron lo que hace tiempo había visto por su cuenta: que el mundo es hueco, sin nada en que confiar, inclusive sus propios motivos. Por ende, comprometido a la autenticidad, Salvador odiaba el autoengaño, sea de si mismo o de la creencia colectiva en Dios o tener que racionalizar la vida colonial que normaliza escuchar idioteces:
Dios no sabe lo tormentoso que es vivir
en una colonia a las alturas del siglo XXI,
con sus personeros típicos meciéndonos
al son de un discurso maliciosmente en babia.
Su rechazo del autoengaño como la norma puertorriqueña lo marginaba dentro de su marginalización, la inevitable consecuencia de una franqueza liberada de ilusiones y espectativas sociales. Por ejemplo, admitía que su otro recurso de sobrevivencia era la bebida, explicado como otra herencia de su padre. Reconoce esa imperfección y la inevitabilidad de tener que abrazar su propio absurdo en “Recinto abierto”, poema en que, para mostrarle al día siguiente lo ridículo que se portaba cuando borracho, su esposa lo grabó en video:
Lo recorrí una y otra vez,…
En cuanta de aquellos ademanes,
de aquella voz que lo mismo se iba que volvía,
de aquella libertad para decir
lo que comúnmente se calla,
con una sonrisita irónica y estraflaria,
me fui congraciando con la fiera
mansedumbre inofensiva
y me brindé un abrazo emocionado….
Sin ilusiones ni engaños reconoce que la vejez es, como indica el título, una “Escala a la muerte”: “a este trance de humillación/ llegaron mis cornetas,/a este pasaje de anegada zozobra/le dieron el nombre de vejez….”. Intolerante de la subestimación de esa difícil realidad, se impacientaba hasta con los engañitos figurativos que nos permite el idioma:
Soy lo que he podido ser
bajo las circumstancias.
Ni más,
Ni menos.
Y repruebo, también, que los viejos
digan: “A estas alturas de mi vida”,
cuando deberían decir:
“A estas bajuras de mi vida”.
Los poemas de cuales he citado provienen de su sexto y último libro, Rehabilitación de Onan, cuyo título nos desafía con la imagen de la masturbación. La imagen pone en prueba a lectores que esperan los guardarraíles de la decencia o la belleza que colore la realidad. Nos notifica que en sus poemas nos asalta lo fundamental. El resultado no deja de ser un lirismo existentialista, el heroismo de enfrentar las fuerzas invencibles de lo absurdo y la nada. En este poemario esos contrincantes se manifiestan en forma de la vejez, Dios y sus creyentes, los políticos corruptos, el mundo literario, la hipocrecía que llamamos la decencia.
Pero su mayor contrincante era su aislamiento. A veces buscaba escaparse de su apartamiento. En “La condena” cuenta del día que le pregunta a su esposa si quiere salir “a algún sitio/donde nos sintamos a gusto?”. Su esposa contesta: “sabes que no hay lugar en este pueblo/ para nosotros”:
Escutré en el oscuro nubarrón de
posibilidades y finalmente sucumbí
a la atmósfera pesada de aquel
pronunciamento erguido e insalvable
como una condena.
Salvador tenía sus admiradores locales pero sabía que hasta en una lectura pública se hablaba a si mismo. En “Todos Juntos ” describe una lectura donde se topó “con el grupo de ausentes”, dejó que le “saludara la traición”, y reconoció “el huidizo resplandor de la envidia” pero leyó “pausada y honrosamente” y luego comieron “los piscolabis/todos juntos”.
Su ateísmo lo distanciaba más de la sociedad y en varios poemas satiriza la creencia en Dios, ése que nunca interviene y en que otros exigen que él crea para ser normal: “Bastó que leyera en público/aquel epigrama en el que le faltaba/ el respeto a Dios para que no/me volvieran a invitar”. Salvador aceptaba esa marginalización con orgullo, no en tono penoso sino con buen humor irónico:
Mi mujer cree en Dios a su manera,
pero no cree en el amor que profeso
porque–dice–que no lo ve.
Mirando a Salvador tan realistamente como se contemplaba, como todo poeta produjo mayores poemas y algunos menos logrados, pues sería una gran aportación a las letras puertorriqueñas una edición de su obra selecta. Debía incluir sus mejores poemas inéditos y ésos que–para engañar a los literarios–publicó bajo el seudónimo Ricardo Garúa más los inéditos de Arturo Cadalso. La crítica debía reconcer la ambigüedad detrás de su espectativa que la montaña literaria debió ir al profeta, exigencia que se podría interpretar como un vanidoso romanticismo o la expresión de su inseguridad o de una resignación amarga o una barajada de esas razones. Su muerte les deja a sus lectores la tarea de decifrar su determinación de destacarse aislado.
Pero se debe reconocer a Salvador Villanueva como importante poeta puertorriqueño no debido a su vida pintoresca, ni por su condición de poeta marginado ni por ser emblema de la desigualdad cultural entre la capital y otras regiones. Lo que justifica el reconocimiento es la articulación magistral de su franca introspección de su vida puertorriqueña y su ingeniosa rebelión contra la normalidad del autoengaño en la colonia. No reconocer esos aportes sería, como grieta en la porcelana, una devaluación de la cultura. Preservarla con esmero artesanal le da noble motivo a los letrados capitalinos que repiensen sus aprensiones geográficas y la premisa de una cultura monolítica. Total, ya no está Salvador para echarles en cara que, al fin y al cabo, la montaña de San Juan termina yendo a Arecibo.
INTERMEZZO PARA DAR LAS GRACIAS
Gracias al público mayoritario
por el silencio que siempre
me han dispensado.
Gracias a las instituciones
que nunca me han invitado
y también a las que con tan poca
frecuencia, frecuentemente me han
invitado para nada.
Gracias a los profesores
por no haber leído una página mía
y a los estudiantes por no saber
por qué hacen acto de presencia.
Gracias al Poeta Mayor por haber
compartido un escenario
y haberle comunicado a los presentes
con tanta calentura que no soy
santo de su devoción.
Gracias por el bálsamo de codo.
Y gracias a los críticos
que preferentemente se ocupan
de amigos o allegados
y de escritores publicados por P&J.
Aunque parezca una disgresión,
gracias por los “talk shows”
dirigidos a la ancianidad
y a los retirados del mundo.
Gracias por el derroche de sabiduría.
Gracias a la democracia y gracias a Dios
porque ando suelto por ahí sin Él.
Ah, no se me podía olvidar:
A los que pagaron por mis servicios,
gracias por la platita
porque es una de las pocas cosas que sirve
para hacer lo que nos da la gana.

